Mi testamento
Si
tuviese que dejar un testamento a mis seres queridos, a los que me rodean, no
me gustaría que fuese algo material. Ni los escasos 600 euros de mi hucha, ni
la cantidad de ropa o zapatos que tengo y que nunca me parecen suficientes, ni
los muebles de mi habitación, ni mi bici… Nada de lo anterior le solucionaría
la vida a nadie. Cosas sin valor que no significan nada para nadie. Al hacer
este testamento, me he dado cuenta de que nada, absolutamente nada, de lo que
tengo me pertenece. ¿Quién soy yo para ceder cosas a mis más allegados cuando
ni siquiera son mías? En mi caso, dejar algo material como testamento sería
insignificante, en mi opinión, vergonzoso. Cuando llegue mi muerte quiero dejar
algo de valor, pero un valor más que nada sentimental, a mi marido, que sabe
Dios si tendré o a mis hijos, a los que todavía ni pongo nombre, algo con lo
que ellos puedan recordarme y llevarme siempre dentro. Siempre, hasta que ellos
mismos también mueran. Entonces, solo entonces, habré desaparecido de este
planeta y de sus memorias para los restos. Con ellos se irá también todo lo que
llegué a ser en algún momento. Porque es cierto, solo somos seres de paso. Y
yo, como cualquier otro, habré sido un mero ser más que vivió en un pequeño
instante de la inmensa historia de este planeta. Un ser más, que al igual que
los otros, en alguna ocasión llegó a pensar que tenía algo de especial, que
cuya existencia tenía algún sentido inexplicable; pero que, como los otros,
estaba equivocado por completo.
Cuando
yo muera, me gustaría que al menos una persona llorase mi muerte, pero que
también, al menos una la celebrara. Al menos un enemigo en la faz de la tierra
que se alegre de que yo ya no esté aquí. Pero no me gustaría que ese odio
proviniese del rencor, de algún mal que yo hubiese causado en él, ni nada
parecido; sino que fuese de única y pura envidia. Un odio procedente de celos
de esa “perfecta” vida que viví y dejé atrás, pero que él nunca llegó a
conseguir por mucho que ansiara. Entonces, tendré la certeza de que algo hice
bien. Pero no todo es negro, también quiero a ese alguien que llore mi muerte.
Alguien en quien yo haya sido capaz de provocar efecto, de despertar un
sentimiento, por pequeño que fuera, alguien del cual un pedacito muera a la vez
que yo. Y ya sí. Será entonces, cuando definitivamente estaré satisfecha con lo
que viví.
Al
hablar de mi testamento, creo que, como la mayoría de la gente cuerda de este
mundo, prefiero morir siendo mayor con unas experiencias ya vividas y un
largo camino recorrido, y de esta manera, poderlas dejar reflejadas en estas
palabras. Debido a que, si por un casual muero joven, ¿quién soy yo para dar
consejos a nadie sobre una vida que ni siquiera yo conocí?
En
este testamento, voy a dejar lo que ahora mismo tengo, como si mi muerte
hubiese llegado antes de lo esperado, aunque lo que tenga sea poco. De manera que,
en este caso, lo único que tengo derecho a legar son mis pensamientos, mis
tempranas experiencias y las lecciones que aprendí sobre todas y cada una de
las personas que pasaron a lo largo de, lo que hubiese sido, mi corta vida.
Por lo
tanto, en este escrito agradeceré a todas las personas que, durante toda mi
vida, han confiado en mí, se han parado a entenderme, a conocerme. Pediré
perdón también por cualquiera de mis no intencionadas meteduras de pata, por no
haber sabido estar a la altura o no haber cumplido todas las expectativas que
ellos veían en mí.
A mis
padres, decirles que no lamentasen mi muerte, si es que la mía llega antes que
la suya, que no desperdiciaran sus vidas llorando por la de alguien que ya no
la tiene y que les quise y necesité mucho. A mi hermana, que muchísimas gracias
por ser ella y no otra, por tener esa confianza en mí, por su paciencia y
cariño. A mis amigos y conocidos, también agradecerles su paso por mi vida y
permitir mi paso por las suyas, por los momentos felices y divertidos, pero
también por malos, los que me han hecho crecer y aprender, por los aburridos y,
por las pérdidas de tiempo, las cuales son injustamente maldecidas a la hora de
morir pero que son tan importantes como los buenos ratos. Gracias a cada una de
esas personas que me aportaron algo, tanto alegrías como palos, con los que
tanto aprendí. A mi familia, también gracias, por haberme querido tal y como
soy y por haberme aceptado sin pretender cambiarme. En especial a mis abuelos,
que a pesar de que ellos no podrían leer este testamento, debido a que les tocó
antes que a mí, merecen una mención especial en él; decirles que siento mucho
no haberlos sabido aprovechar lo suficiente cuando sí que estaban y que fueron
muy importantes para mí. A mis primitos especiales, a los únicos a los que se
me concede un poco más ese poder de aconsejar, ya que llevo más vivido que
ellos. Les diría que fuesen fuertes y que viviesen siempre a su antojo, en
especial, a uno puesto que pienso, y ojalá esté equivocada, que su adolescencia
no será fácil, únicamente porque es diferente, porque no sigue el prototipo que
a todos les gustaría. Sin embargo, yo lo quiero así y de otra forma no sería igual, por lo tanto,
aconsejarle que no haga caso ni de nada ni de nadie, que solo se oiga a sí
mismo y que no tenga oídos para nadie que no quiera ayudarle.
Y ya,
en general, a todas las personas, a las que les he importado algo en algún
momento de mi vida, mi único testamento para ellos, es: que no dejen pasar
ninguna oportunidad que se les presente, porque nunca sabrán cuál será la
última, que no se dejen nada de lo que quieran hacer por hacer y que si les
apetece en el momento que lo hagan, sin deber explicaciones a absolutamente
nadie, porque cada uno es dueño de su vida, siempre y cuando, piensen en las
consecuencias que sus actos acarrean, que vivan pensando que llegará el día que
la muerte les aceche y cuando lo haga, ya no habrá más tiempo para hacer todo
lo que no se atrevieron a hacer. Y simplemente eso, que hagan todo lo que
puedan antes de que sea demasiado tarde.
Carpe diem et
memento mori.
Victoria Moreno Bergera.