miércoles, 9 de abril de 2014



No un adiós, sino un hasta pronto.



Corto sobre el amor. Con la colaboración de Daniel García Fuentes.

Mi  testamento


Si tuviese que dejar un testamento a mis seres queridos, a los que me rodean, no me gustaría que fuese algo material. Ni los escasos 600 euros de mi hucha, ni la cantidad de ropa o zapatos que tengo y que nunca me parecen suficientes, ni los muebles de mi habitación, ni mi bici… Nada de lo anterior le solucionaría la vida a nadie. Cosas sin valor que no significan nada para nadie. Al hacer este testamento, me he dado cuenta de que nada, absolutamente nada, de lo que tengo me pertenece. ¿Quién soy yo para ceder cosas a mis más allegados cuando ni siquiera son mías? En mi caso, dejar algo material como testamento sería insignificante, en mi opinión, vergonzoso. Cuando llegue mi muerte quiero dejar algo de valor, pero un valor más que nada sentimental, a mi marido, que sabe Dios si tendré o a mis hijos, a los que todavía ni pongo nombre, algo con lo que ellos puedan recordarme y llevarme siempre dentro. Siempre, hasta que ellos mismos también mueran. Entonces, solo entonces, habré desaparecido de este planeta y de sus memorias para los restos. Con ellos se irá también todo lo que llegué a ser en algún momento. Porque es cierto, solo somos seres de paso. Y yo, como cualquier otro, habré sido un mero ser más que vivió en un pequeño instante de la inmensa historia de este planeta. Un ser más, que al igual que los otros, en alguna ocasión llegó a pensar que tenía algo de especial, que cuya existencia tenía algún sentido inexplicable; pero que, como los otros, estaba equivocado por completo.
Cuando yo muera, me gustaría que al menos una persona llorase mi muerte, pero que también, al menos una la celebrara. Al menos un enemigo en la faz de la tierra que se alegre de que yo ya no esté aquí. Pero no me gustaría que ese odio proviniese del rencor, de algún mal que yo hubiese causado en él, ni nada parecido; sino que fuese de única y pura envidia. Un odio procedente de celos de esa “perfecta” vida que viví y dejé atrás, pero que él nunca llegó a conseguir por mucho que ansiara. Entonces, tendré la certeza de que algo hice bien. Pero no todo es negro, también quiero a ese alguien que llore mi muerte. Alguien en quien yo haya sido capaz de provocar efecto, de despertar un sentimiento, por pequeño que fuera, alguien del cual un pedacito muera a la vez que yo. Y ya sí. Será entonces, cuando definitivamente estaré satisfecha con lo que viví.
Al hablar de mi testamento, creo que, como la mayoría de la gente cuerda de este mundo, prefiero morir siendo mayor con unas experiencias ya vividas y un largo camino recorrido, y de esta manera, poderlas dejar reflejadas en estas palabras. Debido a que, si por un casual muero joven, ¿quién soy yo para dar consejos a nadie sobre una vida que ni siquiera yo conocí?
En este testamento, voy a dejar lo que ahora mismo tengo, como si mi muerte hubiese llegado antes de lo esperado, aunque lo que tenga sea poco. De manera que, en este caso, lo único que tengo derecho a legar son mis pensamientos, mis tempranas experiencias y las lecciones que aprendí sobre todas y cada una de las personas que pasaron a lo largo de, lo que hubiese sido, mi corta vida.
Por lo tanto, en este escrito agradeceré a todas las personas que, durante toda mi vida, han confiado en mí, se han parado a entenderme, a conocerme. Pediré perdón también por cualquiera de mis no intencionadas meteduras de pata, por no haber sabido estar a la altura o no haber cumplido todas las expectativas que ellos veían en mí.
A mis padres, decirles que no lamentasen mi muerte, si es que la mía llega antes que la suya, que no desperdiciaran sus vidas llorando por la de alguien que ya no la tiene y que les quise y necesité mucho. A mi hermana, que muchísimas gracias por ser ella y no otra, por tener esa confianza en mí, por su paciencia y cariño. A mis amigos y conocidos, también agradecerles su paso por mi vida y permitir mi paso por las suyas, por los momentos felices y divertidos, pero también por malos, los que me han hecho crecer y aprender, por los aburridos y, por las pérdidas de tiempo, las cuales son injustamente maldecidas a la hora de morir pero que son tan importantes como los buenos ratos. Gracias a cada una de esas personas que me aportaron algo, tanto alegrías como palos, con los que tanto aprendí. A mi familia, también gracias, por haberme querido tal y como soy y por haberme aceptado sin pretender cambiarme. En especial a mis abuelos, que a pesar de que ellos no podrían leer este testamento, debido a que les tocó antes que a mí, merecen una mención especial en él; decirles que siento mucho no haberlos sabido aprovechar lo suficiente cuando sí que estaban y que fueron muy importantes para mí. A mis primitos especiales, a los únicos a los que se me concede un poco más ese poder de aconsejar, ya que llevo más vivido que ellos. Les diría que fuesen fuertes y que viviesen siempre a su antojo, en especial, a uno puesto que pienso, y ojalá esté equivocada, que su adolescencia no será fácil, únicamente porque es diferente, porque no sigue el prototipo que a todos les gustaría. Sin embargo, yo lo quiero así  y de otra forma no sería igual, por lo tanto, aconsejarle que no haga caso ni de nada ni de nadie, que solo se oiga a sí mismo y que no tenga oídos para nadie que no quiera ayudarle.
Y ya, en general, a todas las personas, a las que les he importado algo en algún momento de mi vida, mi único testamento para ellos, es: que no dejen pasar ninguna oportunidad que se les presente, porque nunca sabrán cuál será la última, que no se dejen nada de lo que quieran hacer por hacer y que si les apetece en el momento que lo hagan, sin deber explicaciones a absolutamente nadie, porque cada uno es dueño de su vida, siempre y cuando, piensen en las consecuencias que sus actos acarrean, que vivan pensando que llegará el día que la muerte les aceche y cuando lo haga, ya no habrá más tiempo para hacer todo lo que no se atrevieron a hacer. Y simplemente eso, que hagan todo lo que puedan antes de que sea demasiado tarde.
Carpe diem et memento mori.
Victoria Moreno Bergera.

domingo, 23 de marzo de 2014

Carpe Diem

Esta terminología y/o pensamiento en el que ciertas personas establecen los cimientos de su modo de vida, consiste, en la mayoría de los casos, en actuar como no se atrevería el resto, en tener el valor para expresar ideas y opiniones que otros no serían capaces, en comportarse de manera alocada... y así podría seguir un sinfín de comportamientos más que incluye este pensamiento.
Todo lo citado anteriormente se me antoja como un acto en cierto modo de rebeldía, de ir a contracorriente, de intentar a toda costa ser "diferente" de los demás. Esta reflexión me lleva a formularme la siguiente cuestión: ¿es una forma objetiva de expresarse tal y como uno realmente es, o es simplemente una manera de llamar la atención, de destacar?
Yo, personalmente, considero esta idea como la capacidad de aprovechar los momentos que te brinda la vida, sin que esto suponga planes en el futuro, simplemente disfrutar al máximo el presente, de manera que ello te haga sentir satisfecho de tus elecciones, de tu vida, de ti. Esto a su vez me sugiere una gran habilidad en lo que se refiere a la prudencia, ya que tus actuaciones no sólo te repercuten a ti, sino que pueden desencadenar todo tipo de consecuencias en los demás. De esta manera, pienso que esta forma de vida tiene que conseguir que no haya arrepentimiento tras expresarte tal y como eres.

Carmen Vivas.